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Miguel Ángel Hernández

HABITAR LA TIERRA. MABEL MARTÍNEZ, LA HUELLA Y LA ESPIRAL

Hay textos difíciles de escribir para un crítico, textos donde el afecto y la emoción no pueden ser puestos a un lado. Es complejo tratar de encubrir la memoria. Diría que imposible. Tan imposible como contemplar una obra de arte quitándose uno de en medio.
Nos enfrentamos a las obras con todo lo que llevamos de casa. El cuerpo, el afecto, la memoria, la disposición.

Todo acto de ver es una relación que se efectúa en ese presente cargado de historia en el que la obra y el espectador se enfrentan, dialogan y se relacionan. Eso sucede en todo momento. La obra piensa, habla, y hace pensar y actuar. Pero a veces también ocurre que el afecto y la emoción explota. Sobre todo cuando la obra es más que una obra y la artista, más que una artista. Es lo que me sucedió cuando entré a la exposición de Mabel Martínez, primero en el Espacio ES/UM de la Merced y, después, en la Sala La Capilla del Rectorado. Lo que me encontré allí fue un conjunto de obras de arte que reflexionaban en torno a la espiral, la tierra, la huella y la memoria. Pero desde el principio la experiencia tuvo para mí el sentido de un reencuentro. Con la artista, pero también con la amiga. Pasear por aquellas muestras me hizo enfrentarme a una doble memoria, a una doble huella. La memoria sobre la que la obra reflexionaba, pero también la memoria que la obra era en sí misma. Memoria de alguien que ya no estaba allí. Memoria doble. Ausencia reduplicada.

Me adentré en las salas con el cuaderno en la mano, tratando de apuntar algo que pudiera servirme para la mesa redonda que tenía en unas semanas y para el texto que debía aparecer en el catálogo (este texto). Apenas esbocé algunas ideas (la doble huella, la doble ausencia). Preferí experi- mentar la exposición. Al llegar a casa, sin saber aún qué escribir, releí un pequeño texto que había escrito para el periódico La Verdad pocos días después de su muerte y pensé que ahí, a pesar de la premura y la inmediatez, es- taba mucho de lo que ahora quería decir. Estaba la memoria de la relación y las claves de su obra. Pensé que debía incluirlo en el texto de la exposición y citarlo en extenso. Al fin y al cabo era también la memoria de una emoción: Conocí a Mabel Martínez hace cerca de quin- ce años. Yo concluía mi tesis doctoral sobre el arte antivisual y ella iniciaba una investigación sobre el Land Art y la estética de la naturaleza. Era una pensadora, pero sobre todo una creadora. Desde el principio, me admiró su pasión por el arte contemporáneo. Un en- tusiasmo que compartía con su marido, Paco Vivo, pintor fundamental para toda una generación. Mabel supo integrar el arte en su vida cotidiana. Vivía y respiraba arte. Un arte que la ayudó a sobrellevar la enfermedad y que convirtiéndose para ella en una plataforma de expresión y comunicación con el mundo. Recuerdo su exposición de 2007 en el Centro Puertas de Castilla. Tuve el placer de escribir el texto para el catálogo y conocer de cerca su compromiso profundo con la creación. Allí reflexionaba sobre la violencia contra la mujer, el dolor, la ausencia y el silencio. Ese fue uno de los temas centrales de su arte –del que mostró y del que guardó para ella –: la preocupación por la injusticia, la identidad y el olvido. El otro, tal vez aún más persistente, fue la toma de conciencia de nuestra relación con la naturaleza. Una obsesión por la tierra, la geología y el lugar del cuerpo en el tiempo del planeta. Eso atravesó toda su producción. El fósil, la espiral, la huella… y una necesidad constante de habitar la tierra y fusionarse con el espacio. De sentir la piedra e integrarse en algo más grande y remoto que lo humano.

Empleó todos los medios que tuvo a su disposición. Transitó por la escultura, el dibujo, la instalación, el vídeo o la performance. Pero, sobre todo, adoptó el arte como razón de ser y modo de vida. Como Ana Mendieta, Mabel se obsesionó con la huella, el eco y la silueta, con lo que queda de nosotros cuando ya no estamos, con aquello que persiste cuando todo se desvanece.

Nada es permanente, tituló uno de sus trabajos. Y mostró que todo fluye y se integra en un devenir continuo. En una espiral de tiempo que nos engulle y a la vez nos reconecta con el cosmos original. Hoy ella ya no está. Se ha ido demasiado pronto. Y, a riesgo de contradecirla, me atrevo a escribir que algo sí permanece. Permanece su trabajo, su pasión, su compromiso, su energía. No es consuelo, pero es lo que nos queda. Eso, y la memoria. Eso, y la imaginación. Sí, también la imagina- ción. Y esa imaginación es la que ahora me hace verla descansar al fin en la espiral, formando parte de esa naturaleza con la que tantas veces soñó integrarse. Convertida en huella, tiempo, materia, ausencia presente.

Quizá tocado por la pérdida, escribí ese texto aludiendo constantemente a «lo que no está» y pen- sando en la obra como algo ya terminado, ya dicho, una palabra cerrada. Sin embargo, la experiencia de pasear por la exposición me hizo pensar en cómo esa obra regresaba ahora al presente y conti- nuaba aludiendo a nuestra experiencia, centelleando en la actualidad, anudando de modo paradójico los diversos estratos del tiempo. Y, sobre todo, trascendiendo al propio cuerpo que había puesto en movimiento estos procesos. Tomé consciencia, más que en ningún otro momento, de que las obras nos sobreviven, igual que las ideas, y se proyectan siempre hacia un tiempo por venir.

Por otro lado, no pude evitar pensar que Donde anida la espiral se configuraba como la exposición de un proyecto específico de largo recorrido –—un proyecto de arte y, a la vez, un proyecto de vida–, pero también como una metáfora capaz de condensar el impulso que recorre toda la obra de Mabel. Y es que, de algún modo, la figura de la espiral nos puede servir para entender gran parte de su trabajo. Esa espiral que se encuentra en la naturaleza y que alude al paso del tiempo, pero también a la reverberación, a la vuelta una y otra vez sobre el origen. Podría decirse que la espiral nos ayuda incluso a interpretar cómo todas las preocupaciones de la obra de Mabel están relacionadas. Aunque se trata de una obra cambiante, tanto sus temas como sus procedimientos se renuevan y se reescriben en cada vuelta de la espiral: la naturaleza, la tierra, la conexión con un tiempo diferente al tiempo humano, el tiempo natural, el tiempo profundo, la intención de conectar el tiempo humano del cuerpo y la cultura con el tiempo geológico, la necesidad de encontrar ahí un cierto lazo con la permanencia. El intento de tocar aquello que late debajo de las apariencias, de las formas de la cultura. Unas formas sobre las que también ella reflexionó y trabajó con precisión, en su revisión del género, la construcción de la identidad… las fijaciones de lo humano en cada presente, en cada tiempo.

Nada es permanente en lo humano. Y sin embargo, esa dimensión fósil del cuerpo, el cuerpo –huella, cuerpo –resto, aparece una y otra vez, como una búsqueda de lo permanente en lo impermanente, en una tensión (colisión, pero también relación) entre tiempos (humano, geológico, cósmico), entre cultura y naturaleza, que atraviesa su obra de principio a fin y que uno puede encontrar en gran parte de sus proyectos. Una tensión que Mabel resuelve en un camino constante hacia la integración. Lo comprobé con total claridad en la exposición, en los vídeos, en las fotografías y en las esculturas: una pulsión de camuflaje y mimetismo del cuerpo con el entorno. El cuerpo convertido en paisaje, en huella, en fósil. El cuerpo que se oculta de la mirada, que se retira del mundo, que regresa al origen. Un cierto mimetismo, como aquel del que escribiera Roger Caillois, que sirve a los animales como protección para escapar de los depredadores, pero también como una «asimilación del espacio», una especie de pulsión de integración con la propia naturaleza. Es así como uno podría entender el mimetismo del cuerpo de Mabel: como una suerte de camino hacia la fusión, hacia el propio con- vertirse en tierra, naturaleza, paisaje. Cuerpo–árbol, cuerpo–agua, cuerpo–piedra. Cuerpo–materia. Mineralidad absoluta.

Un regreso a la tierra que en la obra de Mabel está siempre, como decíamos, atravesado por las formas de la cultura. Como si la fusión nunca fuera del todo posible debido a la existencia de una especie de desacompasamiento primordial, algo que no puede fusionarse del todo, una ausencia primigenia que se sitúa en el origen y que convierte la búsqueda en un camino infinito. Esa dialéctica presencia –ausencia se observa con claridad en su trabajo con el fósil ammonites. La ausencia –presente de ese molusco cefalópodo que pobló la tierra hasta finales del Cretácico se convierte en el centro de reflexión de gran parte del proyecto. El caparazón, en forma de espiral, es la estructura que todo lo atraviesa, también la manera de figurar el paso del tiempo y la relación con el presente. La artista encuentra las huellas de estos caparazones, trabaja sobre ellos como una paleontóloga, los cataloga, los identifica, pero también como artista, mostrando las alianzas necesarias entre ciencia y arte, los hace repercutir en la actualidad a través del molde y de la representación, generando objetos que, por un lado, son positivos de negativos, huellas recreadas de huellas reales, reconstrucciones de ausencias, pero, por otro, no dejan de ser modelos en los que permanece la misma dialéctica ausencia –presencia que se encuentra en la lógica del fósil. De este modo, Mabel une y entrelaza presente y pasado, tiempo cultural y tiempo geológico, en el objeto creado, pero también en todo lo que lo rodea, y especialmente en el modo en que el objeto se convierte también en un receptáculo del presente, a través de la intervención de la artista de modo directo (dibujos, hendiduras, pinturas, relieves sobre la superficie del objeto) o de modo simbólico (acciones que tienen al objeto como centro o inspiración). Huellas de huellas de huellas. Una diferencia infinita. Pero también la inalterabilidad de algo que late incluso en la erosión de su origen.

La espiral es precisamente lo que bordea una y otra vez la ausencia, cercándola en cada vuelta, tratando de entrelazar tiempos y espacios. De ahí que sea la figura que mejor resume la obra de Mabel. Una espiral que aquí funciona también como una superficie topológica, como esa banda de Moebius de la que habla Jacques Lacan para figurar el proceso de identificación. Una superficie continua, no orientable, sin exterior ni interior, en la que las diversas capas de significado se superponen en cada vuelta. Es así como siempre he entendido que aparece la espiral en esta obra: un tiempo y un espacio en continuo movimiento, imposible de fijar sino es a través de una huella de algo que, en el proceso de fijado, ya está en el siguiente giro de la banda, en el siguiente estrato de tiempo. Un flujo continuo con el que la artista constantemente trata de sincronizarse, de integrarse, porque en cada giro de esa espiral infinita hay algo de ese origen diferido, de esa ausencia que, en cada vuelta, roza levemente la presencia.

Ese infraleve roce de la presencia que despliega la huella es el que pude intuir mientras recorría la exposición y me dejaba acunar por el sonido hipnótico de los vídeos, los murmullos del pasado que convertían el aire de las salas en memoria acústica. De alguna manera, sentí que yo también recorría la espiral, que acompañaba a Mabel en su transitar lento y pausado hacia el centro, y que lo hacía tiempo después, a través de una senda modelada por su cuerpo ausente, percibiendo también ese ahora en el que todo se junta, esa tierra que todo lo cubre.


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