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Joaquín Medina

MABEL, ESCISIÓN PROMETÁICA

Donde anida la espiral es un proyecto artístico que fue desarrollado a lo largo de casi quince años. Un aspecto, el de la temporalidad, que resulta significativo, puesto que Mabel indaga la búsqueda, y también el regreso, a un origen, en el cual el tiempo humano se muestra enfrentado a la cuasi eternidad de la naturaleza. Aunque ésta siempre sea reducible a las escalas de lo que puede ser medido y cuantificado, y de esta manera quede inscrita en el tiempo cronológico de la ciencia y la historia. Es un factor que aleja y separa a la humanidad de la naturaleza y del origen. Es decir, inoculando el tiempo, que es un elemento inscrito únicamente en la conciencia humana, a la naturaleza, y no con- templando el transcurrir de ese tiempo cronológico a través de ella, encontramos la clave para poder invertir el proceso, y reencontrarnos con nuestra pertenencia a un mismo ser, biológico y orgánico. ¿Cómo lo concibe Mabel? De una parte, con el cuerpo, individualidad material sujeta a su extinción en un plazo breve, que realiza esa identificación con la naturaleza original, buscando una localización material y espacial que represente en este caso la pervivencia y el continuum con la anterioridad y la posterioridad. Porque sólo el espacio, y su materialidad, atestiguan el ser sin tiempo, es decir, la eternidad. Y de otra parte con el lugar (al que alude el `donde ́ del título) que, como entidad espacial y material, asume, frente a la temporalidad histórica, un papel de médium, que nos puede conducir al reencuentro con el origen. Y son la eternidad geológica del ammonites, junto a la posibilidad de individuación que añade, las que provocan en todo este proceso, la identificación necesaria entre artista, como valor y avatar de la persona humana, y el fósil. Unos paralelismos que Mabel va desplegando y recorriendo con sumo cuidado y minuciosamente, aplicando lenguajes que apelan a las ciencias y otras disciplinas, tanto técnicas como discursivas. Más su proceder, no puede ser de otra manera, pues se inscribe en el arte, es el del bricoleur y no el del ingeniero. Ya que no se trata sólo de recomponer, sino de intentar una restitución, y no precisamente del ammonites, sino del yo in- dividual en el origen. Para lo cual, Mabel, en cuanto `yo ́ y en tanto artista, acomete un proceso de desidentidad. Si nos fijamos en las imágenes que la muestran en las acciones que integran la totalidad de las fases de las que consta el proyecto, en ellas Mabel se muestra unas veces en la realización de intervenciones y manipulaciones directas sobre el terreno y los objetos, y otras en la ejecución de acciones –rituales, en los cuales es el propio cuerpo, medio y a la vez expresión de la individualidad humana, el protagonista. En ambos casos, aunque en ocasiones se muestre con el cuerpo desnudo, su identidad se intenta que sea lo más ausente posible. El cuerpo está presente, materialmente expuesto, devuelto a un estado originario, para lo cual es necesario vaciarse del yo, que es lo que Mabel hace. Transformando un simulacro suyo en la imagen de un rehén voluntario de lo humano, que se ofrece en un intercambio sacrificial con la naturaleza. Pero hay otras imágenes en las que, sin recurrir a esa sencillez de raíz, se va ejemplificando el proceso de desidentidad del yo paralelo al de la identificación y transposición tanto del ammonites como del medio natural. Como la que muestra a Mabel entre dos postes de medir que tiene asidos con los brazos extendidos, que tanto quiere decir que la medida siempre es humana, como atestigua, que la artista observa sobre sí el mismo proceder con el que opera sobre el entorno en el cual interviene. Esta fotografía recuerda a las que se realizaban para mostrar hallazgos arqueológicos, y en las que se contempla normalmente a un anónimo operario, colocado al lado de lo recién encontrado, para dar una idea aproximada y comparativa de las medidas del hallazgo. Pero lo que en realidad se muestra es una aparición histórica, tanto la del hallazgo inanimado como la del sujeto expuesto, extraídas ambas del tiempo cronológico, y devueltas a un origen común que las iguala. A partir de aquí, y Mabel es consciente de ello, sólo cabe una restitución, por la cual borrar la terrible escisión primordial entre lo humano y la naturaleza. O, mejor expresado, entre la idea de lo humano y la imagen de la naturaleza. Pues no dejamos de pertenecer al orden natural, aunque nos rebelemos intentando sustraernos a él por medio de la representación con la cual la conciencia separa de sí a la naturaleza. De ahí que la restitución sólo se pueda realizar simbólicamente. El símbolo cose la herida. Una operación que deja cicatriz. ¿Qué no son los fractales y las curvas de nivel proyectados sino cicatrices? Suturas proyectadas en lo humano, traducidas al cuerpo que siente, en este caso cuerpo individualizado del ser vivo.

Queda un paso más con el que conseguir alcanzar el origen, restituirlo, aunque éste quede como la conciencia de una pérdida, la eternidad apenas entrevista, y a la que estamos unidos/ as frágilmente, como las imágenes que provoca la llama en la cerillera del cuento de Andersen. Sin embargo, no es lo que significa la llama lo que importa. La fuerza del símbolo no reside en aquello que representa, sino en la forma misma. El fulgor breve de la cerilla, el movimiento de la espiral del ammonites, los estratos del paisaje, la pedriza de los expolios paleontológicos… son formas. Y a través de ellas, las trabajadas por Mabel, penetramos en el origen, interpretado como una verdad, que no es otra que la de una escisión, la de la conciencia del ser individual. La cultura no consiste sino en el cultivo de las formas.

Me quedaría definir cuál es la forma que Mabel nos muestra finalmente como conclusión de esta obra. Antes de lanzar mi interpretación quiero citar a un artista, el único que me permito traer a colación, y lo justifico en lo mucho que significó para Mabel. Se trata de Lucio Fontana. El pintor, escultor y ceramista ítalo –argentino, tan inconformista como riguroso, consiguió con sus lienzos perforados y atravesados por un tajo, aunar gesto y forma, consiguiendo una representación que bien puede interpretarse como la que hay entre la cultura y la materia.

Pues bien, a las alturas de Donde anida la espiral, que son el mundo actual en el que estamos, ya no es suficiente un único gesto, como bien muestran las innumerables tarjetitas de la instalación “Taxonomía – Expoliación” ¿Cuáles son las formas del caos?, pregunta que sustituye a la necesidad de buscar una forma ajena al caos. De ahí que el proyecto de Mabel no concluya con la exposición de una única forma, ni ensaye un único gesto, ni tan siquiera el cuerpo, de la artista, del ammonites, asumen ese lugar. El gesto maestro nada vale ya, y Mabel lo traslada a los gestos que tocan a cada uno, a cada una, para conseguir salvar las formas atrapadas en el caos. Mabel se propuso una tarea ciertamente titánica, que no cesa. Aunque no vayamos a buscar afán alguno redentorista, no se trata de salvarnos del caos que supone toda desaparición, sino de liberarnos. Una liberación que se percibe en las imágenes suyas del vídeo – performance Flujo Perpetuo. En ellas sí ha cesado de nuevo el tiempo.


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