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Francisco Jarauta

DE ESPIRALES Y LABERINTOS

De espirales y Laberintos

Gustav René Hocke en su ya clásico estudio Die Welt als Labyrinth traza la línea de continuidad, a lo largo de las épocas, de esta figura que, en sus variaciones expresa como ninguna otra la concepción del mundo que ha tenido la civilización occidental. Desde el laberinto clásico, el de Cnossos, que dio lugar al mito en su primer relato, hasta las formas medievales o manieristas que en la época moderna dibujan la errancia del hombre barroco, perdido en un mundo de signos que intenta descifrar, viajan diversas expresiones que en la historia de la iconografía moderna nos muestran el complejo repertorio de interpretaciones del laberinto.

La centralidad de esta figura y su permanencia a lo largo de la historia nos permite pensar que ella como ninguna otra expresa la condición humana en sus condiciones antropológicas, como seres abocados a un destino o historia inciertos, sin un horizonte claro, sino marcado por los enigmas, por aquel espacio que el mito dibuja como camino tortuoso hacia el sentido o la verdad a través de aquellas formas del saber que toda cultura construye. Se podría decir incluso que la figura del laberinto funda como ningún otro relato mítico la verdad de la experiencia humana. Mejor aún, el laberinto podría ser la figura que funda un inicio de la historia humana; su final sería narrado desde otra figura que se halla en sus extremos y que no es otra que la del naufragio. La historia se inicia en el centro del laberinto desde el que partirá el largo viaje de Ariadna y se proyectará en el tiempo de una historia que otra tradición asocia a las formas del naufragio.

Borges interpreta la permanencia del laberinto en la cultura occidental a partir de la pérdida de transparencia o de lo que él llama «la opacidad del mundo», la dificultad para explicar o entender la ley de los acontecimientos, la historia o el destino. El mito inicial fundó la frontera de los saberes humanos, de todo aquello que se resiste a ser sabido o conocido. Para Borges el mito y los relatos que le siguen mantienen la relevancia y atención de toda exégesis e interpretación. Son los mitos los que custodian las preguntas y los enigmas y es la historia la que se aventura en el juego de las interpretaciones. De ahí la importancia absoluta de la lectura como registro fundamental no sólo del reconocimiento de los saberes sino también del descubrimiento del sentido más allá del laberinto o del naufragio. Es en este sentido que Borges en el breve ensayo La esfera de Pascal vuelve a trazar una pauta interpretativa de una historia que puede leerse anclada en sus momentos más fundacionales, entendiendo su evolución como capítulos de una misma pregunta. «Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas», escribe en la cabecera del escrito, para concluir, como si se tratara de una pensada simetría, lo de “quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”.

En efecto, en la figura el laberinto, en primer lugar, se reconoce la condición humana, su preguntar, aquella sed que recorre los relatos de las estepas asiáticas, que ven en la sed el atributo principal del ser humano. Una sed que se hace pregunta y que moverá al Ulises homérico a iniciar el viaje. Y en segundo lugar, de la mano de Ariadna, la atención gira sobre la construcción de las formas de la cultura, la religión, la ciencia, el arte… que el hombre construye cuando abandona el laberinto. Es el viaje que la escritura hace posible, mostrándonos la compleja construcción de los discursos y saberes, tal como sugiere el Seminario del Collège de France de 1980, dirigido por Roland Barthes bajo el título de La métaphore du Labyrinthe.

En el laberinto gira toda la cultura occidental, sus orígenes, su historia, sus desafíos últimos, aquellas ideas que la orientaron, su verdad y su sombra, la obtusa insistencia por conquistar nuevas transparencias ahí donde sus saberes se revisan desde la dificultad impuesta por la propia pasión del conocimiento. Al igual que como Dürrenmatt sugiere en su Minotaurus. Eine Ballade la permanencia del enigma es la garantía última de la verdad del mito y sus versiones nos remiten una y otra vez necesariamente a la galería de espejos que su laberinto nos propone. Un juego infinito en el que se dan cita las diversas literaturas y las formas que la escritura ha ido intentando tejer para construir ese tapiz del mundo en el que se albergan relatos e imágenes – Dédalo su primer inventor – de todo aquello que se oculta entre las sombras, protegiendo su misterio.

Hans Blumenberg habla en su Paradigmen für eine Metaphorologie de «metáforas absolutas» que operan en el campo del discurso y de la representación del mundo como metáforas que se sitúan más allá del campo estrictamente lógico y conceptual, articulando un esquema antropológico radical que permite la comprensión de las relaciones que el mito funda. Sin duda alguna, la figura del laberinto es una de estas metáforas absolutas y su historia y formas vuelven a la historia de la cultura con sus registros iconográficos más variados, pero siempre cercanas a la pregunta inicial, a aquel enigma que fundó la historia del primer laberinto y que iluminará la ejemplar secuencia histórica que Hermann Kern en su Labyrinthe nos muestra. Un viaje que llega a nosotros y que volvemos a interpretar más cercanos a los problemas de nuestro mundo.

La obra que Mabel Martínez nos presenta ahora como una reflexión desde sus experiencias más personales reúne toda la inquietud que las figuras del mito anteriormente citadas nos indican. Fue el encuentro con un gran Ammonite del cretácico el que le abrió las puertas hacia un mundo que insistentemente ha querido interpretar. Nace así una mirada sobre la tierra en sus claroscuros, sus espacios vacíos, sus grietas, que ella explorará con su cuerpo. Este se convierte en los rituales de exploración, en el instrumento perfecto para medir toda forma de concavi- dad. Y cuando la medida de la tierra señala ya los límites, es el cuerpo mismo el que se alza sobre la tierra y se baña en sus arcillas húmedas. Nunca cuerpo y tierra estuvieron tan cerca, en un rito sanador. Vendrán después los tiempos que dibujarán aquellas espirales que nos llevarán a otros viajes más secretos y que de alguna forma se iluminan con el paso de Mabel.


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